INTERVENCIONES EN SITUACIONES DE
DUELO
Muchos
autores, entre ellos Worden (1991) consideran útil la distinción entre counselling o asesoramiento y terapia de
duelo. El counselling o asesoramiento sería
un tipo de intervención que deberían ser capaces de realizar los
profesionales que se relacionan
frecuentemente con personas que enfrentan procesos de duelo, como trabajadores sociales, profesionales de ayuda
en general, policías, bomberos, religiosos
o cooperantes, y se aplicaría a personas que están atravesando un
proceso de duelo normal. Podría
aplicarse en el contexto habitual en el que trabajan las personas que la llevan a cabo y no requeriría (como la
terapia) de un encuadre especial. Aunque hay
quien piensa que sería bueno ofrecer este tipo de ayuda a toda persona
que esté atravesando un proceso de
duelo, la mayor parte de los autores se decantan por ofrecerla sólo a aquellas personas que reúnen
condiciones de riesgo (soledad, falta de personas con las que compartir su
dolor, falta de recursos para afrontar la vida sin lo perdido, circunstancias especiales de la pérdida –
desaparición, masacre, tortura, suicidio,
responsabilidad del doliente... – o de la relación – hijo, persona con
la que se mantenía una relación muy
ambivalente... – exigencias inmoderadas del entorno...) o, bien, sólo a aquellas personas que lo solicitan por propia
iniciativa, o a las que muestran dificultades
detectables para realizar alguna de las tareas a que nos referíamos en
el apartado anterior.
Según
este planteamiento, la segunda modalidad de intervención, la terapia de duelo
propiamente dicha estaría indicada en los casos de duelo complicado (por contraposición a normal) y se realiza por
profesionales de salud mental con un encuadre
lo más semejante posible al de otras terapias psicológicas. Según este
modo de ver las cosas, los agentes de
salud que actúan en contacto con la mayor parte de los supervivientes, de lo que deberían de ser
capaces es de detectar los casos de duelo
complicado para derivarlos a especialistas en salud mental. Buena parte
de los programas de salud mental
preparados por las ONGs de la parte noroccidental del planeta para intervenir en este tipo de
situaciones se atienen a este esquema (y reservan a sus expertos el papel de especialistas).
Nosotros creemos que esta forma de ver las
cosas puede ser fuente más de confusión que de esclarecimiento
En
nuestra opinión deberíamos contemplar tres niveles de actuación para personas que están llevando a cabo una
relación de ayuda. El primero consistiría en
utilizar los conocimientos sobre los procesos de duelo para facilitar o,
al menos, no entorpecer, los procesos de
duelo de las personas que contactan con ellos en el ejercicio de su actividad. Este nivel incluye la
aceptación de la expresión de emociones, por
ejemplo a través del llanto, una actitud empática ante estos
sentimientos, la utilización de términos
claros y que faciliten una conexión con las emociones cuando son los transmisores de información, la facilitación
de instrumentos para llevar a cabo operaciones
necesarias para que se lleve a cabo el duelo (un espacio seguro,
tiempo..). “No te asustes por lo que
estás sintiendo. A veces, cuando es muy dolorosa la pérdida de una persona, como a ti te pasa con
la de tu marido, pueden aparecer este
tipo de ilusiones de seguir viéndolo. La aparición de la imagen de tu
marido por la noche es una forma de
negarte a aceptar tu pérdida y de seguir
teniéndolo presente..¿no es así?”
El
segundo nivel se correspondería con el que Worden (1991) y otros autores llaman counselling o asesoramiento, y, según
nuestra forma de ver las cosas estaría caracterizado,
no por referirse a un determinado tipo de duelo (normal versus patológico), sino por el hecho de estar
realizada por una persona que mantiene una
relación de ayuda con el doliente, pero no es, necesariamente, un profesional
de la salud mental.
Sería
el caso de una enfermera que continúa en contacto con una familia después de la muerte de uno de los hijos tras
una hospitalización prolongada.
Esta
enfermera, citaba a los padres cada dos semanas para supervisar el proceso de duelo que estos habían emprendido.
En un momento determinado, su intervención
resultó importante para ayudarles a facilitar la comunicación entre ellos, sin temor a dañarse el uno a la otra.
El
tercer nivel se correspondería con lo que Worden llama terapia y vendría definido por ser llevado a cabo por un
profesional de la salud mental o un agente de
salud convenientemente entrenado para ello. La actuación a este nivel
está indicada en dos circunstancias. En
primer lugar cuando las dificultades en el proceso de duelo han dado ya lugar a problemas de salud mental
graves que requerirían esta intervención
independientemente de su origen (un cuadro psicótico, un cuadro
depresivo con ideas de suicidio
incoercibles...). Y en segundo lugar cuando la intervención de segundo nivel
no ha conseguido mejorar el problema o
ha desencadenado reacciones inesperadas.
“Una
mujer de 52 años inició tratamiento después de haber realizado una tentativa
autolítica por precipitación desde un tercer piso. Tres meses antes había sido
avisada del grave estado de salud de su hijo tras haber sido herido en una acción bélica. Cuando después de muchas
dificultades logró llegar al hospital
donde estaba ingresado, su hijo ya había muerto. Esta misma mujer había perdido otra hija de meses de edad por
muerte súbita muchos años antes.
Al
volver a experimentar una nueva pérdida traumática, el contenido de su discurso es que ella, como madre, no había
servido para cuidar de sus hijos, ni para
acompañarles hasta el final”
Objetivos
de la intervención
De
acuerdo con lo que hemos venido planteado hasta aquí, los objetivos de la intervención consistirán en facilitar que las
cuatro tareas que constituyen el trabajo de
duelo puedan ser llevadas a cabo. Es decir:
1.
Facilitar la aceptación de la realidad de la pérdida
2.
Facilitar la expresión y el manejo de los sentimientos ligados a ella
3.
Facilitar la resolución de los problemas prácticos suscitados por la falta
de aquello perdido
4.
Facilitar una despedida y la posibilidad de vuelta a encontrar sentido y posibilidad de satisfacción en la vida
Principios
de la intervención en duelo
A
continuación describiremos una serie de principios que pueden ser aplicados a tres niveles de intervención, aunque en el
texto y en los ejemplos, se intentarán concretar
para el segundo. (Worden 1991)
Principio
1: Ayudar al superviviente a tomar conciencia de la muerte En los momentos
iniciales, la sensación de irrealidad es la norma. Hablar sobre la pérdida ayuda a realizar esa tarea. La
persona que pretende facilitarla puede preguntar sobre la forma en la que se enteró de la
misma, cómo reaccionó, qué pensó, qué sintió.
También
puede explorar el comportamiento frente a los rituales que facilitan el cumplimiento de esta tarea, como la
contemplación del cadáver en los ritos funerarios, las visitas a la tumba. Si el superviviente
cuenta que no ha podido realizarlos, se pueden
explorar las fantasías al respecto
Principio
2: Ayudar al superviviente a identificar y expresar sentimientos
La
pérdida puede evocar sentimientos muy dolorosos de los que el
superviviente puede intentar protegerse
inconscientemente. Aunque, a veces, posponer la
experimentación de esos sentimientos puede ser útil, en general,
ignorarlos puede ser causa de problemas
y dificultades en el proceso de duelo. La persona que va a actuar como ayuda puede facilitar la expresión de
estos sentimientos. A veces, esta tarea puede
estar dificultada por el hecho de que quien la solicita puede pedirle,
precisamente un remedio para evitar el
dolor (en forma, por ejemplo, de medicamento o seguridades religiosas).
Los
sentimientos puestos en juego por la pérdida pueden ser muy variados.
Desde
luego está el sentimiento de pena por la pérdida. Nos referiremos también a
los de rabia, culpa e indefensión, que
también son frecuentes y que, frecuentemente se
asocian a problemas en el proceso de duelo.
La
tristeza o la pena, es la emoción que parece más inmediatamente
relacionada con la pérdida de alguien o
algo que ha sido importante para uno. En ocasiones su expresión puede estar coartada por
convenciones sociales, por ser considerada por el sujeto como una muestra inadmisible de
debilidad o una pérdida de dignidad, o por el
temor a que su expresión pueda dañar o abrumar a otros.
La
expresión más frecuente de la tristeza incluye el llanto. Poder llorar es importante, aunque lo que parece ser
verdaderamente útil para el proceso de duelo es
poder hacerlo con alguien que comprende al superviviente y le brinda su
apoyo. El deseo de proteger a personas
consideradas débiles dentro de una familia o comunidad, en ocasiones hace que se les prive de esta
posibilidad.
La
expresión de la pena por parte del superviviente a veces, puede inducir un estado de malestar y una sensación de
impotencia en la persona que trata de brindar
ayuda, que siente que no puede hacer nada por evitarlo. Sin embargo el
hecho mismo de dar ocasión de
expresarla, al escucharla empáticamente, sin tratar de inducir comportamientos alternativos y sin dejar que
la sensación de malestar inducido le impulse
a huir o a mostrarse dañado, puede ser excepcionalmente de ayuda.
Llorar
no es suficiente. El superviviente ha de preguntarse por el significado de sus lágrimas y quien pretende ayudarlo ha de
facilitarle esta tarea. Un significado que es diferente según la persona avanza en el
proceso duelo (Simos 1979).
La
rabia es otro sentimiento que frecuentemente aparece en los procesos de duelo. Es frecuente que aparezca como rabia
hacia la persona que se ha perdido (por abandonarnos,
por no haberse cuidado...). Pero también es posible que lo haga contra otras personas implicadas en el hecho de la
pérdida (los compañeros, los médicos, el
conductor de la ambulancia, la policía los bomberos, otros implicados en
el accidente,
Dios...).
La rabia también puede aparecer contra uno mismo en forma de sentimientos de culpa o de tristeza. Quien pretende ayudar
en esta situación debe explorar la posibilidad
de ideas de suicidio, preguntando primero sobre si en esa situación se ha planteado que no valga la pena seguir
viviendo, caso de respuesta positiva, si ha
pensado en hacer algo para quitarse la vida, en ese caso si ha pensado
en la forma, si es así, si ha hecho
planes concretos y, en caso afirmativo, si lo ha intentado. El temor a hacer este tipo de preguntas que
frecuentemente muestra el personal de ayuda,
no está justificado. Hasta la
fecha no se conoce que nadie que no se haya planteado seriamente el suicidio lo haya llevado a cabo porque se
le haya ocurrido a partir de una pregunta de
su médico u otro personal de ayuda. En cambio el que quien pretende ser
de ayuda ignore que el superviviente
está haciendo planes al respecto, cuando esto es así, puede tener consecuencias fatales. En el duelo, los
impulsos suicidas pueden tener que ver también
con el deseo de reunirse con el muerto.
Los
sentimientos negativos hacia alguien que ha muerto, pueden resultar inaceptables para quien los experimenta y ser
negados o despertar fuertes sentimientos
de culpa. Pensemos que la frase más corrientemente oída en los funerales
es algo así como “qué bueno era”. Por
ello es probable que el superviviente niegue este tipo de sentimientos si la persona que intenta
ayudarle le pregunta por ellos. En esta situación es útil la recomendación de Worden de dar
primero ocasión de expresar los sentimientos
positivos y escucharlos empáticamente con detenimiento para, una vez que
el superviviente está convencido de que
nos hacemos cargo de ellos poder entrar en los positivos. Una fórmula que, a veces, es útil
es preguntar “¿Que es lo que le parece que
más va a echar en falta de la persona que ha desaparecido?” y sólo
después “¿Habrá cosas que, en cambio no
echará de menos (aunque sea sus ronquidos)?”. O la utilización de fórmulas que facilitan la expresión de la
ambivalencia
Me
hago cargo de que tuvo una relación de mucho afecto y que su pérdida ha sido muy dura. Hay muchas cosas que va usted
a echar mucho en falta. Pero en toda
relación hay algunos momentos menos buenos. ¿Cómo eran los momentos en los que pudo haber problemas entre
ustedes?
Desde
luego hay casos en los que sucede es precisamente lo contrario y todo lo que se expresan son sentimientos negativos.
Aquí los sentimientos negativos pueden estar
protegiendo al superviviente de la pena profunda que supondría reconocer que
la pérdida (a veces no la ocurrida con
la muerte, sino con la historia de la relación) fue importante para él.
También
es frecuente que en el duelo aparezcan sentimientos de culpa. Muy frecuentemente esta se organiza sobre
formulaciones del tipo “¿Y si...?” (“Si no le hubiera pedido que viniera”, “si
le hubiera llevado antes al médico”, “si no hubiera hecho caso de lo que me dijeron”, “si hubiera
conducido yo”...). En esta situación puede
ser útil ayudar al superviviente a preguntarse cuáles son las opciones
reales que hubo y por qué hubiera debido
elegir una diferente.
La
culpa puede tener que ver con las emociones experimentadas en relación a
la pérdida. En ocasiones el superviviente
puede pensar que se ha sentido insuficientemente afectado. En otras, puede sentir malestar por
la experimentación de sentimientos de alivio,
de satisfacción o de rabia hacia el fallecido. En tales situaciones es de
utilidad la exploración del conjunto de
sentimientos implicados tanto en la relación anterior con lo perdido como en la pérdida misma.
El
sentimiento de culpa es más difícil de trabajar cuando hay responsabilidad real en la pérdida (el superviviente que
conducía borracho, el compañero que traicionó o
abandonó al desaparecido, el familiar que cometió una negligencia
clara...). Worden propone el uso de
técnicas psicodramáticas para encarar esta tarea.
Los
sentimientos de angustia e indefensión son también frecuentes. De hecho Parkes señala en la última edición de su
clásico libro (1996) que la angustia es incluso
más frecuente que la pena. La angustia puede provenir del sentimiento de
indefensión o desamparo por tener que
afrontar la vida sin lo perdido. El sujeto que pretende ayudar puede facilitar el manejo de este
sentimiento, facilitando el que el superviviente analice las posibilidades de desempeño que tiene en
su nueva situación
La
angustia también puede provenir de la reactivación de la conciencia de la propia muerte. Tal reagudización se produce
casi como regla general y suele ser pasajera.
Si no es así, puede ser de utilidad hablar y compartir los temores.
Principio
3: Ayudar al superviviente a que sea capaz de resolver sus problemas cotidianos sin lo perdido
Supone
ayudar al superviviente a poder enfrentar los problemas prácticos de la vida y a tomar decisiones sin lo perdido. La
dificultad de esta tarea depende mucho del
tipo de relación que existía entre lo perdido y el superviviente. Puede
haberse perdido a la persona que tomaba
las decisiones en la pareja, a la que aportaba el sustento o a la que se hacía cargo de tareas imprescindibles
como el cuidado del hogar o la educación
de los hijos. Puede haberse perdido un compañero sexual. Puede haberse
perdido un elemento que ha sido esencial
para la supervivencia (el empleo, la vivienda...). Y de ello derivan problemas prácticos de distinto
orden.
Es
frecuente que la persona que ha sufrido una grave pérdida se sienta
impelido a hacer grandes cambios que le
permitan sortear su dolor (cambiar de casa, de ciudad o de compañero...) En general, deben
desaconsejarse medidas drásticas e irreversibles sobre decisiones tomadas en los primeros
momentos, aunque, al hacerlo, conviene tener
cuidado para no promover actitudes de indefensión. Se trata de posponer
las decisiones para el momento en el que
la persona esté capacitada para hacerlo pensando en las consecuencias y no sólo en la utilidad de la
decisión para disminuir el sufrimiento en un
momento dado.
Principio
4: Favorecer la recolocación emocional de lo perdido
La
recolocación es, con frecuencia, interpretada como sustitución u olvido de
lo perdido y, en tal caso, su
anticipación puede mover un rechazo a la idea de progresar en el proceso de duelo, cuyo final se anticipa en
la fantasía como un especia de traición a lo perdido o como significante de que el vínculo
que anteriormente unía al superviviente con
ello no era suficientemente fuerte como para dejar una marca permanente.
En
realidad recolocar nos significa abrir el camino a reemplazar (reemplazar
es imposible), sino dar a lo perdido un
lugar en la memoria de modo que su recuerdo (tan cargado afectivamente como sea necesario) no
vete la posibilidad de que el superviviente
pueda sentir interés y afecto por otras cosas o personas. Es frecuente,
que las personas que atraviesan procesos
de duelos cuenten que al avanzar en esta tarea se les ha hecho más accesible, más nítido y más
capaz de proporcionar gratificación, el recuerdo
de lo perdido.
También
hay supervivientes que se apresuran a rellenar el hueco dejado por lo perdido con nuevas relaciones o actividades,
como procedimiento de evitar el dolor suscitado
por la pérdida. En estas situaciones no podemos hablar de recolocación
sino de defensas que entorpecen la tarea
2 (experimentar las emociones suscitadas por la
pérdida).
Principio
5: Facilitar tiempo para el duelo Como
hemos señalado anteriormente, el duelo requiere tiempo. Esto, a veces, no es tan obvio ni para el superviviente, ni
para las personas de su entorno, que, en
ocasiones pueden presionarle para que recupere algunas de sus
actividades previas antes de que esté
preparado para ello.
Hay
fechas o mementos que pueden ser particularmente difíciles. Son muy comunes las llamadas reacciones de
aniversario (El primer aniversario suele ser
particularmente difícil). También pueden ser difíciles el primer
cumpleaños, las primeras Navidades o
fiestas que son relevantes para la familia o el grupo, que se celebran sin el fallecido...
Principio
6: Evitar los formulismos Como regla
general puede decirse que los comentarios sociales al uso (“te acompaño en el sentimiento”, “hay que seguir adelante”, “hay que ser
fuerte”) no suelen ser de utilidad y que
generalmente, los supervivientes ya los han oído y si presentan problemas es porque no les han
servido. Si el ayudador no sabe que decir es
preferible que lo reconozca diciendo algo así como “No sé qué decirte”
Principio
7: Interpretar la conducta normal como normal
Es frecuente que algunos de los fenómenos que son normales en los
procesos de duelo provoquen el
superviviente o en su entorno miedo a que sean señales de que se está trastornando. Los fenómenos de
presencia, las ideas de suicidio, los sentimientos de irrealidad se cuentan entre los que más
frecuentemente provocan estas reacciones. En
estas situaciones la persona que pretende ayudar puede tranquilizar
informando de que se trata de fenómenos
frecuentes en ese momento del proceso de duelo
Principio
8: Permitir diferencias individuales
También
puede causar extrañeza y, a veces, alarma el hecho de que personas diferentes, aún dentro de un mismo grupo
familiar y cultural, puedan manifestar comportamientos,
emociones y modos de expresar éstas últimas muy diferentes entre sí.
A
veces eso puede hacer que la de alguno de ellos sea interpretada como
patológica.
También
puede ser que laos requerimientos diferentes de personas que están siguiendo trayectorias diferentes hagan que cosas que
siente uno de ellos como necesaria para su
progreso, puedan resultar entorpecedores para el proceso del otro. Tales
posibilidades pueden ser anticipadas y
discutidas por la persona que pretende ayudar.
Principio
9: Ofrecer apoyo continuo
Como
los requerimientos de las personas en duelo son diferentes a lo largo del proceso, es útil que la persona que pretende
ser de ayuda se muestre disponible durante
el mismo, estableciendo, por lo menos las condiciones y el procedimiento
por el que el superviviente o sus
allegados pueden buscar un nuevo contacto. El contacto por parte del ayudador en determinados momentos
(aniversarios...) puede estar indicado en casos
especiales. Los grupos de autoayuda son especialmente útiles para este
tipo de trabajo.
Principio
10: Examinar defensas y estilo de afrontamiento para prevenir complicaciones
Los
procedimientos puestos en juego para hacer frente al dolor pueden ser, en ocasiones potencialmente peligrosos para la
salud mental o para la salud en general y la
persona que pretende ayudar puede tener que señalarlo. Hay personas que
pueden utilizar el alcohol o las drogas
(incluidos los psicofármacos) para evitar el dolor, que pueden exponerse en conductas peligrosas o
temerarias (muy frecuente en situaciones
de guerra) o que pueden utilizar mecanismos extremos de negación que
pueden hacer previsible una dificultad
para completar el proceso de duelo.
Principio
11: Identificar patología y derivar
La
persona que pretende ayudar a quien está atravesando un proceso de duelo debe ser capaz de decidir cuándo sus propias
capacidades de ayuda han sido rebasadas por
la situación. En los casos en los que aparece sintomatología psicótica franca
y perdurable, ideas de suicidio
incoercible, o cuadros depresivos clínicos está indicado el tratamiento de estos cuadros y, donde el
sistema sanitario lo establezca así, la derivación a un especialista.
MANEJO de CADÁVERES en situación
de DESASTRES
El
manejo de los fallecidos comprende una serie de actividades que comienzan con
la búsqueda, localización, idenficación, traslado al centro escogido como
morgue, entrega a sus familiares y la ayuda que el Estado brinde par su
disposición final siguiendo sus ritos y costumbres. Se requiere de un equipo
humano de diversa índole: personal de rescate, médicos legistas, fiscales,
agentes del orden, personal administrativo, psicólogos, equipos de apoyo para
el personal que está a cargo del manejo directo de los cuerpos. Organizaciones
independientes y hasta voluntarios de la comunidad.
El
Estado tiene la obligación de manejar el tema con los más altos niveles de
responsabilidad y profesionalismo, cubriendo todos los aspectos mencionados
anteriormente. El sector de la salud debe liderar la preocupación sanitaria
respecto al supuesto riesgo epidemiológico de los cuerpos, el proceso de la
idenficación y la ayuda médica a los familiares de las víctimas.
Así
como el Estado y sus autoridades deben estar preparados para responder de
manera efectiva a un desastre natural para brindar atención inmediata a los
sobrevivientes y heridos y, además, para mantener los servicios básicos,
también es su responsabilidad poner atención al manejo y la disposición final
de los cadáveres que se pudieran presentar, sin importar su número. En muchas
ocasiones, este último punto no ha sido tratado con la profundidad que el caso
amerita, incluso se lo ha dejado de lado y los esfuerzos van enfocados hacia
los dos primeros. En este momento, es necesario aclarar que la prioridad está
precisamente en la atención de los sobrevivientes y el mantenimiento de los
servicios básicos, pero no podemos ignorar la recuperación de los cadáveres.
La
gestión adecuada de los cadáveres es uno de los aspectos más complejos en la
respuesta, por esto es necesario la capacitación.
Película “Antes de Partir”
La
película “Antes de partir”, rodada en el año 2007, con la participación de los
actores Jack Nicholson y Morgan Freeman, trata la historia de dos hombres de
edad avanzada que se conocen al compartir habitación en un hospital, donde
casualmente los dos son diagnosticados con enfermedades terminales, dándoles
los médicos a ambos un tiempo aproximado de entre seis meses y un año de vida.
En ellos (los personajes), aun cuando son personas de caracteres muy distintos,
se puede identificar durante
el transcurso de la película cómo van pasando por las diferentes etapas descritas en el modelo de Kübler. Ante el tema de la muerte, el duelo y el temor que uno siente ante ello, vemos que no es fácil ni el dinero te asegura o garantiza una vida larga o muerte sin dolor, a lo cual muchos tememos o tomamos en cuenta cuando hablamos de muerte. Con respecto a ellos vemos como si podemos nosotros mismo darnos esa calidad o manera de cómo darnos aquello que tememos perder o no hicimos en su momento, cuando uno va aceptando aquello que tarde o temprano llegara se va preparando a su estilo para afrontar sin temor a lo que uno no pudo hacer ni hará después y es una de las cosas que nos señala esta majestuosa película.
Bibliografia:
manual de intervención psicológica y social en victimas
www.ayuda11m.org/files/manual_intervencion.pdf


Toda persona que atraviesa por algún tipo de pérdida tiene un proceso natural de cambios emocionales, llamado proceso de duelo, que usualmente culmina con la recuperación del equilibrio psíquico.
ResponderEliminarEl duelo si bien es cierto es natural que se produce al perder a un ser querido con el debido apoyo moral social y psicológico es mejor porque equilibra la salud mental del ser humano.
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